
CAPITULO 1
¿Irse o quedarse?. Es la pregunta que nos hacemos cada mañana, mientras despertamos bajo un cielo que pasados los años no se siente aún como el hogar. Esa es la desgracia. Desde tiempos inmemoriales el territorio del Centro de América fue puente de paso de las migraciones de norte a sur y viceversa. Así se poblaron las naciones originarias del continente. Para la región mesoamericana siempre que había hambrunas o guerras el éxodo fue la solución para sobrevivir. Estos desplazamientos continuaron con la llegada de los españoles que obligaron a los indígenas a refugiarse en las montañas para resistir el embate cultural, religioso y económico que supuso la invasión colonial. Con el paso del tiempo y con la evolución de las décadas, la historia sigue siendo similar en especial para los que provenimos del llamado pulgarcito de la America Central. El salvadoreño de los primeros años de la republica debido a conflictos entre liberales y conservadores y con las otras naciones comenzó a emigrar en la región por motivos de guerra principalmente. Luego por trabajo en la construcción del Canal de Panamá. Para le década del 1950 comienza de forma sistemática la migración hacia EE.UU y Europa como mano de obra agrícola y de servicios. La expulsión de casi 100,000 salvadoreños de Honduras en 1969 obligó a una parte de estos a emigrar a EE.UU. Y quienes se quedaron a ser materia prima del conflicto político militar que estallaría en 1980. Comenzó una nueva migración ya no solo por la pobreza endémica de los sectores rurales sino además por motivos políticos. La llegada de la paz trajo consigo un nuevo fenómeno social: las pandillas, que fueron alentadas por la deportación de salvadoreños desde EE.UU. Así como la desidia del Estado salvadoreño de prever oportunamente una solución que finiquitara el círculo vicioso de la migración forzada, pero terminó volviéndola una nueva causa de la expulsión de salvadoreños que tristemente fueron estereotipados por las acciones de una minoría. El cambio climático dejo en evidencia que somos un territorio vulnerable sumándose la inseguridad y falta de bienestar para llevar una vida digna como motivo para irse. Todo lo que tenemos jamás lo hubiéramos logrado en El Salvador, pero lo bonito es saber que lo logramos por el simple hecho de ser Salvadoreños incansables.
Capítulo 2
La clase política salvadoreña de la posguerra no solo ha saqueado al erario sino que continúa haciéndolo, además han visto en la diáspora al tonto bueno que puede ser nostálgicamente usado para sus réditos políticos, creando una nueva clase social proletaria extraterritorial cuyo rol-compromiso es enviar remesas que ya igualan el presupuesto general de la nación sin obtener a cambio ni una cuota de poder político que garantice la sostenibilidad de nuestras comunidades de origen y menos un plan para contener la inmigración forzada a la que los salvadoreños están expuestos por su corrupción, malas políticas económicas y su despreocupación por la salud y educación del pueblo pobre y la clase media que es la que se ve obligada a marcharse por observarse lejos una salida al problema nacional. La falta de trabajo y la escasez obligaron salidas oligárquicas o despóticas a los salvadoreños. Los grupos de interés económico y político han aplicado a la diáspora una lógica feudal, la que en antaño implementaron en sus haciendas donde con el mísero pago obtenido por los explotadores jornales de trabajo tenían que comprar en sus tiendas los productos de la canasta básica que necesitaban para sobrevivir. Inmigración-remesas-. “Si no hay migración no hay remesas que sostienen la economía en un elevado porcentaje”. Es el pensamiento de aquellos políticos que dieron la cara únicamente cuando nos necesitaron. Tal consumo que emula aquel sistema de vida impuesto por una insensible oligarquía-terrateniente en El Salvador de hoy.
Capítulo 3
¿Qué hacer? La formación de una coalición política entre todos los intereses dispersos entre la diáspora se impone como una necesidad histórica para dejar de ser un producto nostálgico al cual le venden cultura y lo manipulan cada elección diciendo que con nuestro apoyo ellos nos incluirán en las decisiones que convengan a nuestro pequeño pero fuerte país. La acción política como queja no basta, se necesita una madurez política que implica anteponer intereses personales para lograr el mayor bien, que es la mejora de nuestras comunidades para contener la migración fuera de nuestras fronteras patrias. Si bien no todos podremos regresar todos podemos hacer desde donde nos encontremos un mejor país. El envío de remesas salva nuestras familias del hambre pero. Si no educan, no desarrollan, no curan y lo más importante no extirpan la corrupción como método político, nunca cesara el dolor de ver una patria como una transición hacia otra patria mejor. La diáspora debe comenzar a comprender que ser salvadoreño no es solo tener la bandera más grande, no es deleitarnos con platillos hechos por otros hermanos, no es ponernos la camiseta de la selección cuando se juega un partido de fútbol. Sino que es tener un lugar donde poder vivir. Ya fuimos capaces de crear un movimiento que apoyó a un partido político, esa experiencia debe servirnos para impulsar nuestro propio proyecto político que incluya tanto a los de aquí como a los de allá. Pero eso pasa por avanzar de la acción, al movimiento, al partido político. No hay más opción.
Capítulo 4
Ser el primer partido político trans-nacional que buscará la reforma constitucional que pueda crear la jurisdicción extraterritorial para tener por fin diputados originarios y electos del exterior para ayudar a los salvadoreños de las comunidades migrantes tanto fuera como dentro de El Salvador. El mundo va hacia la eliminación de fronteras electorales y a la ampliación de derechos y no como lo hacen creer nuestra clase política corrupta e interesada. El Salvador no es coto de caza de ninguna familia real, sea esta de izquierda o derecha o disfrazada de derecha-izquierda. La nacionalización de las nuevas generaciones de salvadoreños nacidos en el exterior y que serían un invaluable aporte de cerebros para la nación y que por ahora son solo capital humano perdido por culpa de unas elites que solo desean el dinero de los mojados. Ignoran que ahora los salvadoreños sin ninguna ayuda de ese Estado secuestrado por ellos somos: Ingenieros, Astronautas, Médicos, Abogados, Deportistas, Artistas y todo por lo que nosotros los que nos fuimos hemos trabajado arduamente fuera de nuestro terruño, esos a los que el poeta Roque Dalton llamó “los eternos Indocumentados, los hacelotodo, los véndelo todo, los comelotodo…”. El Salvador sin nosotros no podrá lograr en realidad un país seguro y eso si no pueden comprenderlo los políticos salvadoreños nuestra fuerza política los hará entenderlo.