Desde finales de la Guerra Civil (1980-1992) y a lo largo de seis gobiernos elegidos en las urnas, la diáspora Salvadoreña fue engañada una y otra vez, dejándola como un puñado de residentes en el exterior, entretenidos en una pugna y división del más bajo nivel. Pero aún no es tarde para reinventarse, crear nuevos liderazgos, nuevas organizaciones, y exigir a través del sufragio, lo que siempre ha debido ser, un socio estratégico con voz y voto en las políticas públicas de nuestro país. Se lo merecen y tienen el derecho constitucional.

Por Leonardo Sosa
Soy Departamento 15 / www.sd15.org
Hay términos ajustados para poblaciones determinadas. En el caso de El Salvador, pareciera que a pulso de esfuerzo y sacrificio su migrantes se ha apoderado del término: Diáspora.
Si, esos millones de connacionales que han llegado a EE.UU. en busca de oportunidades, para ofrecer una vida decente y asegurar el futuro a sus familias. La inmensa mayoría lo han logrado. Haciendo trabajos pesados, construcción, pequeñas compañías, restaurantes, etc., han sido los rubros más destacados y prósperos para ellos.
En el aspecto político, sin embargo, han ido de fracaso en fracaso.
Entre la nostalgia y promesas
En los tiempos de Arena, al partido de la derecha salvadoreña la diáspora les sirvió para consolidar la industria de la nostalgia y les hacían una convención anual, para posar con los políticos de turno. Hasta ahí fue el logro.
Luego, del 2009 al 2019, el FMLN logró conectar con la diáspora inculcando el sentimiento que El Salvador urgía de un cambio y sus eslogan, “La esperanza vence al miedo” o “Nace el cambio, viene la esperanza”, caló en el electorado nacional y fuera de las fronteras patrias. La diáspora fue factor clave en ese cambio de gobierno. Hubo promesas desde ser un socio estratégico clave, hasta ofrecerles cargos en alcaldías, diputaciones y en el mismo ejecutivo.
Manchados de corrupción
Al mismo ritmo, los medios de comunicación de investigación reportaban que tanto ARENA como el FMLN estaban manchados de corrupción. Dicha corrupción fue documentada, desde desfalcos financieros, mal uso de la partida secreta, hasta los pactos con estructuras del crimen organizado como las pandillas.
El pueblo se hartó de dichos partidos y se volcó en odio desmedido contra ellos, al grado de quererlos desaparecer del espectro político.
Cayeron en la tentación
¿Qué hizo la diáspora salvadoreña? Bajo el liderazgo de muchos empresarios y activistas cayeron en la tentación de crear un movimiento partidario horizontal, para rescatar el país de “los mismos de siempre”.
Dentro de ese movimiento estaba Nayib Bukele. El elegido de la diáspora. El movimiento llamado finalmente “Nuevas Ideas”, logró montar una estructura sólida de financiamiento, una red de publicidad perfecta y fue así como lograron que el entusiasmo fuera masivo. Las promesas: “Arena-FMLN nunca más”, “El dinero alcanza cuando nadie roba”, “Fuera los mismos de siempre”. Más que proyecto político, eran slogan en contra de la clase política tradicional. Más que propuestas, era discursos de división y polarización.
Absorbidos por una familia
La diáspora fue convencida de llevar el movimiento “horizontal” a un partido político, como la única forma de participar para guiar los destinos del país. Pero a la hora de su inscripción se comenzaron a ver los rostros verdaderos. Una familia de apellido Bukele se apodera del movimiento “horizontal” y luego partido político. A la diáspora le dan de premio de consuelo el título de “socios fundadores”, título que por lo menos costaba un par de miles de dólares.
La incomodidad no se hizo esperar, pero aun así, los líderes fundadores fueron convencidos de seguir con lo que nombraron el “proyecto político para cambiar El Salvador”
La purga de la Diáspora
Una vez logrado el objetivo de llegar al poder, el círculo familiar e íntimos de los Bukele se quitaron la máscara e iniciaron una purga masiva en el partido Nuevas Ideas, inyectaron veneno entre sus miembros para purgar a la diáspora y solo dejar a los cipayos: Dóciles y manipulables.
Los empresarios, académicos y pensantes, se fueron retirando poco a poco. Quedando solo aquellos que, aprovechando las redes sociales, lograron cargos de “influencers” “youtuberos”, y quizá algunos cargos por parentesco o servilismo, como fue un consulado en el noreste de Estados Unidos y otra persona nombrada “representante” del movimiento en EE.UU.
Bajando la cabeza y aceptando
Hubo un pequeño sismo en la estructura, pero ya para ese tiempo, la nueva cúpula estaba preparada con asesores venezolanos, operadores políticos, analistas y una larga lista de periodistas en planilla, que llevarían y trazarían el camino al poder total.
La diáspora salvadoreña volvió a ser lo que era: un instrumento político. A pesar de todo lo ocurrido y de lo que se vendría después, ya por cansancio, apatía, frustración, siguieron bajando la cabeza y aceptando que todo es necesario para “el proyecto”.
“Los mismos de siempre”
Lo grave del asunto es que en esta ocasión la diáspora no solo fue clave en la victoria de los Bukele, si no que fue el artífice y la llave de la victoria. Pero ¿qué consiguieron? Nada, peor aún, Nuevas Ideas se inundó de “los mismos de siempre”, que apoyaron el desmantelamiento de las instituciones de transparencia; fomentaron el odio y la polarización de los salvadoreños; impulsaron la destrucción de la independencia de poderes; bendijeron la corrupción y el desfalco del erario, convirtiéndolo en algo normal; y asintieron que la población salvadoreña viviera bajo un régimen permanente de represión y violación de los derechos humanos, sin garantías constitucionales.
Engañados y divididos
Algo impresionante fue la aceptación de un pacto entre las pandillas y el gobierno de Bukele, en su primer gobierno, para la reducción de homicidios, pasando de ser los “malditos, mil veces malditos” a cómplices en el silencio. Pero luego, cuando el Bitcoin y otras promesas se hacían polvo, el régimen le dio vuelta a la pupusa y metió en las cárceles de decenas de miles de ellos, llevándose en el proceso a varios de miles de inocentes.
En conclusión, la diáspora Salvadoreña fue otra vez engañada y la han dejado como un puñado de residentes en el exterior, entretenidos en una pugna y división del más bajo nivel.
Otra vez fue utilizada
Atrás quedó la esperanza de la Diáspora de participar en la toma de decisiones, de ser el socio estratégico y solo quedaron los retazos de un sueño.
La diáspora, otra vez, fue utilizada y esta vez con fines mal intencionados de llevar al país a un sistema de privación de libertades, autoritarismo y, lo que es peor, una dictadura.
Si la diáspora salvadoreña no reacciona seguramente experimentará ver a su país sumiéndose en una dictadura más o cuanto menos en una dinastía –como si fuera una monarquía.
La hora de reinventarse
Aún no es tarde, aún no hemos llegado al punto de no retorno. La diáspora salvadoreña debe de reinventarse, crear nuevos liderazgos, nuevas organizaciones, fomentar la cultura de rechazar la desinformación y el oportunismo. Es decir, luchar por corregir el error de haber confiado en uno de los mayores desfalcos políticos de nuestra historia y exigir a través del sufragio, lo que siempre ha debido ser, un socio estratégico con voz y voto en las políticas públicas de nuestro país. Se lo merecen y tienen el derecho constitucional.