En las venas oscuras de la América Imperial que agoniza, donde el Sueño Americano se pudre en tinieblas de odio racial, irrumpe la purga de los “otros”, los de piel cobriza como la de Jesucristo, crucificado por fariseos del Klan. Un vendaval de decretos y helicópteros que arrasa Chicago como un Apocalipsis Now moderno. Bajo el yugo de Yo El Supremo TACO, la ciudad rebelde sangra inocentes, tejiendo un tapiz de horror eterno donde niños atados claman por un cielo indiferente. No es una novela, es un relato basado en hechos reales de la Purga Racial cometido por Les Américains de Trump.

Por Alexandr Mondragón
En las sombras eternas de Chicago, donde el viento del lago Michigan aúlla como un lamento de almas desterradas, se desató la máquina infernal de la supremacía racial de Donald Trump y su «Lavrenti Beria», mejor conocido como Stephen Miller, cuando un enjambre de sombras uniformadas descendió como uno de los jinetes del Apocalipsis, pero sin las trompetas de los Ángeles, sino de Halcones Negros de acero en un noche de Conmoción y Pavor, sin piedad ni remordimiento, con un odio visceral recorriendo sus venas en esa adrenalina envenenada por el desprecio al “otro”, a quien no cruzó la frontera, sino que la frontera lo cruzó a él, cuando a sus antepasados les arrebataron el suelo donde sus genes están sembrados desde tiempos inmemoriales, usurpados por los ancestros inmigrantes de aquellos que hoy empuñan el odio en sus bayonetas viscerales, como tropas de Yo El Supremo TACO (Trump Always Chicken Out).

Era el alba del martes 1 de octubre de 2025, y ese Yo el Supremo TACO, aquel titán de cabellos dorados y manitas de hierro, había decretado la purga: Operación Midway Blitz, un nombre que resonaba como el trueno de un exilio forzado, un vendaval que barría las calles para arrancar de raíz a los intrusos, a esos «otros» que venían de tierras remotas con el pecado original de haber cruzado fronteras invisibles.
Chicago, la ciudad rebelde, se convirtió en el tablero de ajedrez de esta guerra tenebrosa, donde los peones eran familias desarraigadas y los reyes, helicópteros Black Hawk que surcaban el cielo como cuervos mecánicos, vomitando agentes en camuflaje que olían a pólvora y a la podredumbre del poder absoluto.

En el Imperio, donde la Constitución y los Derechos son como un rollo de papel, esa noche, en un barrio de pobres desclasados, era una pesadilla kafkiana, donde la burocracia se transmuta en bestia devoradora: en la medianoche, sobre un edificio decrépito en el 7500 S. South Shore Drive, en el barrio de South Shore —ese rincón olvidado donde los inmigrantes desarraigados se apiñaban como hojas de otoño en un vendaval—, los cielos se rasgaron con el rugido de rotores.
Los helicópteros descendían como ángeles caídos, pero sin alas de luz; de sus vientres saltaban francotiradores que se deslizaban por cuerdas hasta los techos, con rifles de alta potencia reluciendo bajo la luna mortecina, preparados para el festín de la violencia potencial, donde los objetivos solo estaban armados de un pánico pantagruélico, sabiendo su inefable destino en las mazmorras de ICE.

Eran casi trescientos, un ejército federal tejido de hilos de agencias invisibles —Border Patrol, ICE, FBI, ATF—, que convergían desde todos los puntos cardinales como hormigas carnívoras sobre un cadáver. Drones zumbaban en lo alto, ojos electrónicos que escudriñaban las grietas de la realidad, mientras camiones blindados y vehículos en manada aplastaban el asfalto, transformando la calle en un campo de batalla de un asedio medieval.
El supremo, desde su trono blanquecino manchado con la tinta invisible de una miseria desalmada, había prometido este espectáculo hace más de un mes, jurando someter a la ciudad rebelde, esa Babilonia demócrata gobernada por JB Pritzker y Brandon Johnson, herejes que osaban desafiar el edicto de la pureza nacional, del Yo El Supremo TACO, por la voluntad de mis súbditos MAGAcianos.

«No permitiremos que criminales violentos aterroricen nuestros barrios», proclamaba Tricia McLaughlin, la voz etérea del Departamento de Seguridad Nacional, pero sus palabras eran un velo sobre la carnicería. El preludio a un Apocalipsis Now urbano, donde no resonaba una ópera wagneriana, sino el temblor unísono de los corazones desterrados que, escondidos en los apartamentos de un edificio destartalado, esperaban ser arrastrados por un maremoto de odio.
En esa noche de octubre, los agentes irrumpieron como un tsunami de botas y escopetas, derribando puertas con arietes y motosierras que gemían como almas en pena, destrozando marcos de madera centenaria y dejando a su paso un rastro de astillas y sueños rotos.

«Sentí que estábamos bajo asedio», murmuraba Darrell Ballard, el vecino de sesenta y tres años, con su teléfono tembloroso capturando las sombras de oficiales irrumpiendo en la oscuridad, linternas cortando La Noche de los Cuchillos Largos de los nuevos predicadores de la pureza racial, en otra noche más de la purga de los «otros» del sur, para que Cuando el Norte No se Convierta en el Sur .
Rodrick Johnson, un ciudadano estadounidense de carne y hueso, oyó el impacto de cuerpos cayendo en el techo —»gente aterrizando como paracaidistas de la muerte»—, antes de que el FBI pateara su puerta, lo arrastrara a una furgoneta hedionda junto a sus vecinos, donde horas se estiraron en eternidades de incertidumbre. «No me dijeron por qué me detenían», balbuceaba, mientras los agentes rebuscaban en cajones, dejando armas, dinero y vidas expuestos al pillaje posterior, como carroñeros abandonando un festín a medias, con su adrenalina del odio surcando sus venas destilando su furia contra los “otros”, los de piel cobriza como la de Jesucristo.

Pero lo más execrable, lo que clama al cielo en esta sinfonía de horrores, fue el destino de los niños, esos ángeles inocentes atrapados en la red del exilio. Cuatro infantes, nacidos bajo la bandera estrellada, ciudadanos por derecho divino del suelo y la Constitución que Yo El Supremo TACO desprecia como una servilleta de sus eructos imperiales, fueron arrancados de los brazos de madres y padres indocumentados, atados unos a otros como presas en una cacería medieval en el Siglo XXI, donde el tiempo es nada para el odio visceral que avergonzaría hasta a Satanás.
«Para su propia seguridad», mentía el portavoz del DHS con la frialdad de un verdugo, «hasta que pudiéramos colocarlos con guardianes». Imaginad sus llantos, un coro de ecos en los pasillos destrozados, donde las granadas aturdidoras estallaban como truenos menores, cegando ojos y ensordeciendo almas. Atrocidades que esos niños llevarán impregnadas en sus almas hasta el fin de los tiempos, por obra y gracia del neo Lavrenti Beria, o el nuevo Herodes Miller, como usted lo prefiera llamar.

Eboni Watson, la vecina que se agachó ante las explosiones, vio cómo los pequeños descendían las escaleras, atados en hilera, sus caritas surcadas de lágrimas, separados de los adultos en camiones que rugían como bestias hacia lo desconocido. Una niña, encontrada junto a un supuesto miembro de Tren de Aragua —ese espectro venezolano invocado para justificar la purga de los inocentes—, fue catalogada como posible víctima de tráfico, abuso, explotación. Pero ¿quién explotaba a quién en esta farsa? La mentira florece del hielo (ICE) como dardos para envenenar a la opinión pública, esa frase de Goebbels que Una mentira repetida mil veces se vuelve verdad, como las propagandas Bernaysianas para sembrar las mentes de pánico y odio a los desterrados.
Patricia Fisher, una mujer de la comunidad, sintió el cañón de un fusil en la sien: «Nunca había tenido un arma en la cara», sollozaba, mientras la esposaban pese a su inocencia, a su ciudadanía que valía menos que un papel estrujado para las tropas Millerianas, interrogándola sobre órdenes de arrestos inexistentes, liberándola al alba como a un desecho, al comprobar que era una descendiente de esos esclavos que, según la leyenda, Lincoln liberó, en carne y hueso pero no en el alma de los herederos del KKK.

Esta no era una redada; era una guerra abierta para el destierro de los otros, los que «envenenan» nuestra patria, según un decreto supremo de Yo El Supremo TACO, que convertía las calles en trincheras de la segregación, que uno puede sentir en el alma destrozada como si rindiera tributo a esa poesía sinfónica de tonalidades siniestras Amériques de Edgar Varèse. Desde principios de septiembre, más de ochocientos seres humanos desgarrados de sus sueños habían sido apresados en el Chicago del nuevo Al Capone, en esta Era de la Prohibición de los «otros», un conteo que el supremo alardeaba ante generales en salones de mármol: «Usaremos Chicago como campo de entrenamiento para guerras futuras», declaraba, mientras aclamaba aplausos que nunca llegaron, ante su mirada siniestra y furiosa, transformando la urbe en un laboratorio de la Gran Purga Racista, donde la Guardia Nacional —cien tropas invocadas para custodiar instalaciones federales— patrullaba con botas de plomo, protegiendo no a los ciudadanos, sino al leviatán de ICE de las iras de los justos.
Activistas y abogados, ecos lejanos en la tormenta, denunciaban la captura de treinta y cinco almas, incluyendo tres ciudadanos, sin olvidar a los niños desarraigados de sus padres, violando decretos ancestrales contra arrestos sin orden, órdenes que valen menos que un escupitajo sobre la Constitución. Kristi Noem, la secretaria de Seguridad Nacional, supervisaba personalmente una irrupción en Elgin, posando en redes con helicópteros y granadas de aturdimiento, como la Medusa en la nueva Era del Terror de Beria Robespierre Miller, mientras un hombre, preparándose para el trabajo, veía láseres rojos danzar en su cocina como demonios danzantes, antes de la explosión que lo catapultó al abismo.

La ciudad, esa bestia herida, se rebelaba en marchas por Michigan Avenue, cientos de voces alzadas contra el militarismo que Pritzker, el gobernador, tildaba de «matones con botas de montar militares». Johnson, el alcalde, rechazaba el experimento: «Los chicaguenses no son conejillos de Indias para entrenar al ejército». Pero los defensores de Yo El Supremo TACO, como Darren Bailey y el concejal Raymond López (sí, un hijo de la Malinche, de esos que nunca faltan, como el Rubio que adula al Nerón rubio pintado de naranja), aplaudían el éxodo forzado: «No serán extrañados», tuiteaba López, mientras grafitis de «Venezuela» manchaban las paredes saqueadas, y pequeños negocios agonizaban bajo el terror de padres que temían enviar a sus hijos a la escuela, donde extrañaran a sus compañeros desterrados.

En esta crónica de sombras, donde el realismo se tiñe de magia negra, Chicago —y el alma de una nación creada y sostenida por inmigrantes— yace como un cadáver en la mesa del autócrata, diseccionado por drones y helicópteros, sus entrañas expuestas al viento gélido, para ser saboreadas en un ritual carnívoro de las hordas MAGAcianas, en miles de TikToks como una danza macabra, celebrando la pureza de su raza, dicen ellos.
Los inmigrantes, fantasmas de un sur lejano, son el chivo expiatorio de una nación que devora sus márgenes, deteniendo a negros y latinos por igual en una danza lúgubre de detenciones arbitrarias. Chuck Mackie, un escritor de sesenta y ocho años, susurraba de un condicionamiento gradual, una erosión de normas constitucionales; Mona Obregon-Cech, la septuagenaria, evocaba ecos de tiranías pasadas: «Estudien cómo caen las naciones». Y en el silencio ensordecedor de los medios nacionales —ausentes, como cobardes en la noche, porque el emperador podía quitarles la licencia y arruinar sus multimillonarios negocios—, Todd Allbaugh alzaba su voz desde Wisconsin: «Si esto hubiera sido bajo Obama, sería portada; pero el supremo reina en la impunidad».

Así, en el corazón de esta guerra del destierro, de esta purga racista en pleno Siglo XXI, dentro de un Imperio que se desvanece en sus propias sombras de arrogancia e impunidad, donde niños atados como corderos de un rebaño lloran por madres encadenadas y puertas astilladas sangran recuerdos, Yo El Supremo TACO ríe desde su Olimpo, decretando el fin de los intrusos. Pero el viento de Michigan susurra profecías: las ciudades no se doblegan; se levantan, tenebrosas y eternas, como un río que ahoga a sus verdugos.
Esta historia no es una invención. Es un retrato sobre el horror, el sufrimiento humano y la destrucción de una sociedad, que refleja el caos y la agonía colectiva, ante la indiferencia y la ignominia caótica que transmite el grito de los desarraigados ante la barbarie. Como el simbolismo del Guernica de Picasso, trasciende el contexto específico de la deportación de los inmigrantes, para convertirse en un grito universal contra la deshumanización y el desprecio por el otro —salvando las dimensiones, por supuesto, es como si Yo El Supremo TACO intentara replicar su propia Gaza, sin que el mundo lo detenga como a su compinche en el otro lado del mundo.

Nota del autor.- Este relato está basado en reportes de prensa publicados en los siguientes medios:
The New York Times: https://www.nytimes.com/2025/10/01/us/trump-chicago-immigration-national-guard.html
CNN: https://edition.cnn.com/2025/10/03/us/chicago-apartment-ice-raid
Civic Media: https://civicmedia.us/news/2025/10/02/dramatic-ice-raid-in-chicago-and-silence-from-national-media
Block Club Chicago: https://blockclubchicago.org/2025/10/03/feds-detained-4-children-who-are-us-citizens-during-controversial-ice-raid/
Yahoo News: https://www.yahoo.com/news/videos/chicago-ice-raid-nearly-40-230020895.html